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La boda

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tocnaza muž 29.08.2018 21:08:13

Aquel día se celebraba la boda de mi prima y me había comprado para la ocasión un precioso vestido largo de seda con la espalda descubierta al completo. Mis pechos eran redondos y turgentes y no necesitaba usar sujetador. El vestido marcaba mi atractiva silueta y era de un color verde pistacho que resaltaba mi bronceado.

Hacía tiempo que esperaba este acontecimiento. Iba a venir familia desde diferentes rincones de la península y estaba ansiosa por saludarles a todos. Llevaba años sin ver a algunos de mis tíos y de mis primos, incluso a algunos de ellos prácticamente no les conocía.

La última vez que vi a mi primo Raúl yo tenía aproximadamente 12 años y él tenía dos menos que yo. Fue en unas vacaciones en que nos juntamos las dos familias en el pueblo de nuestros abuelos. Le recuerdo como un niño menudo, con unos ojos verdes inmensos y el pelo rubio ensortijado. Entre él y yo surgió una bonita complicidad que dio paso a un intercambio de correspondencia y que ha durado hasta el día de hoy.

Siempre nos hemos escrito largas cartas en las que nos contábamos todo sin rodeos, sin embargo, curiosamente nunca hablamos por teléfono ni nos enviamos fotos. Por este motivo estaba muy impaciente por verle. Sabía todos los pormenores de su vida, pero sin embargo no había escuchado nunca su voz de hombre ni había visto su cara de adulto.

Cuando llegamos a la ceremonia no hacía otra cosa que mirar a un lado y a otro. Saludé a infinidad de familiares, pero nadie respondía a su nombre. Empecé a pensar mil cosas, quizás no había venido, o su avión había llegado con retraso, o quien sabe si había demasiada gente y aparecería en cualquier momento!

La ceremonia se me hizo eterna. Mi cabeza daba vueltas y vueltas pensando en lo que podía haber pasado. No hacía más que mirar a todas partes provocando el consiguiente malestar de mi madre. Cuando salimos de allí fuimos todos juntos a tomar algo antes de ir al restaurante. Raúl seguía sin aparecer y por algún motivo que no alcanzaba a comprender no quería preguntar a nadie por el motivo de su ausencia.

La cena se celebraba en un amplio restaurante donde habitualmente se ofrecen este tipo de banquetes. Al fondo del comedor se encontraba la mesa presidencial decorada con flores y las mesas de los invitados se extendían a lo largo del comedor. Cada una de ellas estaba destinada a 10 comensales dispuestos uno enfrente de otro y estaban decoradas con centros florales y manteles blandos hasta el suelo.

Al ver mi mesa observé con asombro que el lugar que Raúl debía ocupar era en otra mesa que se encontraba justo enfrente de la mía y esto me permitiría verle sin ninguna dificultad. Pero todavía no había llegado.

Comenzó la cena y cuando ya estábamos degustando el segundo plato llegaron tres personas con retraso. Eran Raúl y sus padres profundamente disgustados y disculpándose ante todo el mundo. Su avión había sufrido un importantísimo retraso y les había sido imposible llegar a la hora.

Observé a Raúl silenciosamente durante toda la velada. Mantenía la expresión infantil de sus ojos verdes, sin embargo su cabello se mostraba más lacio y oscurecido. Su cuerpo se había desarrollado y bajo la chaqueta se adivinaban unos hombros anchos y fuertes. Al momento me resultó un hombre francamente atractivo y, por lo que pude ver, con una fluida conversación.

Estaba deseando acercarme a saludarle, pero al mismo tiempo disfrutaba observándole desde la distancia. Un instante me pareció que detuvo su vista en mí ¿Acaso me había reconocido? ¿Se sentiría de la misma manera que yo por nuestro reencuentro?

Una vez saboreados todos los platos aparecieron dos camareros con una tarta gigante de varios pisos cubierta de merengue. Los novios procedieron a los rituales oportunos y comenzó el baile. Fue en ese momento cuando Raúl se acercó a mí. Nos miramos directamente a los ojos y no supimos que decirnos. Al verle de cerca me di cuenta de que era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Comenzamos a bailar el vals inicial sin mediar palabra. Sentí su cuerpo pegado al mío produciendo en mí una extraña sensación.

No nos separamos en toda la noche. Todos los invitados se mostraban animados bailando cualquier tipo de música que les pusieran, cantando a coro y riendo. Sin embargo, daba igual la música que sonara que nuestros cuerpos permanecían tan pegados como al principio.

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Poco a poco empecé a notar que Raúl me empujaba hacia un lugar más alejado y yo me dejaba guiar. Así llegamos a una amplia terraza desde donde se escuchaba la música y el ruido de la gente y donde continuamos bailando durante largo rato. De esta manera gozábamos de más intimidad a pesar de que algunos de los invitados habían salido a conversar o a tomar el aire.

Raúl comenzó a abrazarme con más fuerza. Yo no podía creer lo que estaba pasando, era mi primo y sin embargo me encantaba la manera en que me miraba y me abrazaba. Yo no podía quitar mis ojos de los suyos y adivinaba en él una extraña expresión. Poco a poco comenzó a acariciar mi espalda y a acercar sus labios a mi cuello rozándolo ligeramente. Mi cabeza me decía que me tenía que ir de allí. Aquello era un acto prohibido y cualquiera nos podía ver! Pero una fuerza indescriptible me impedía marcharme.

Abracé a Raúl por detrás del cuello y acerqué mis labios a los suyos hasta el punto de que pude sentir su aliento. Él continuaba acariciando mi espalda e iba bajando sus manos poco a poco hasta llegar al lugar exacto donde terminaba mi pronunciado escote trasero. Comenzó a acariciarme con la punta de sus dedos por el contorno del vestido y poco a su mano fue entrando por debajo de la seda. Sentí todo el recorrido hasta llegar a uno de mis prietos y redondos glúteos donde se detuvo durante largo rato.

Mientras tanto su otra mano acariciaba mi cuello y me mantenía a escasos centímetros de sus labios. Yo sentía su erección a la altura de mi vientre. Con una mano le acariciaba la espalda con la otra introducía los dedos por entre los botones de su camisa intentando descubrir algo nuevo. Los dos sudábamos copiosamente y pude notar cómo su camisa blanca y mi vestido de seda habían quedado adheridos a nuestros cuerpos excitados.

Ahora él jugaba con mis pezones y yo lamía su cuello. Hacía un buen rato que nos habíamos olvidado de la música y del resto de los invitados. Ambos nos habíamos concentrado sin preocuparnos de miradas indiscretas.

De repente Raúl me agarró la cara con las dos manos y me dio una largo y cálido beso. Sentí su lengua entrar dentro de mi boca y recorrer todos los recovecos. La punta de mi lengua jugaba con la suya y mis manos sujetaban sus manos impidiendo que aquello no terminara nunca. Acto seguido me agarró de la mano y me llevó hacia el comedor.

Pensé que todo había terminado! Tan solo había sido un bonito y sensual encuentro entre dos primos que se tenían un inmenso cariño. La música seguía sonando a tope y los invitados seguían bailando y riendo. Raúl me llevó hacia una de las mesas al final del comedor y ante mi asombro vi como se metía debajo y tiraba con fuerza de mi brazo con una sonrisa pícara en los labios. No lo podía creer! De pronto estaba con mi primo debajo de una mesa cubierta por un mantel y rodeados de toda nuestra familia completamente ajena a lo que estaba pasando.

Nos miramos a los ojos y comenzamos a besarnos como dos animales. Nuestras lenguas jugaban animosamente entre sí mientras mordisqueábamos nuestros labios sin parar y nuestras manos comenzaban a palpar sin control el cuerpo del otro. La situación era extraña, no sabíamos en qué postura ponernos, pero aquello no nos impedía seguir con nuestra actividad.

Mi primo levantó mi vestido hasta la cintura y dejó al descubierto mis bonitas y torneadas piernas y mi pequeña braguita roja de satén que tan solo cubría mi concha. Yo desabrochaba su camisa mientras mis labios besaban primero su pecho, luego su abdomen y iban descendiendo a medida que iba desabrochando botones hasta que conseguí desprenderle de su camisa. Para entonces sus dedos habían retirado mis bragas y acariciaban mi pubis rasurado. Yo inconscientemente abría mis piernas todo lo que podía y sentía arder mis entrañas. Separé mis labios vaginales con ambas manos de manera que mi coño en forma de flor quedó completamente abierto y a su disposición. En ese momento puso su cabeza entre mis piernas, sacó su lengua y comenzó a lamerlo apresuradamente. Yo seguía manteniendo mis labios abiertos para aumentar la sensación de placer. Veía los pies de invitados y camareros por debajo del mantel, pero era como si no los viera. Estaba disfrutando como una loca del momento más erótico de mi vida y incluso el hecho de follar rodeada de mi familia me excitaba aún más.

Raúl literalmente se estaba comiendo mi coño mientras uno de sus dedos entraba y salía rítmicamente de mi cueva y el otro acariciaba mis tetas. Yo sujetaba su cabeza y gemía histéricamente quedando mis gritos ahogados por el estruendo de la música.

Me despojé por completo de mi vestido y una vez que Raúl hubo finalizado con mi coño le quité los pantalones y toda su ropa interior y pude ver ante mis ojos la polla más grande que había visto en mi vida. Raúl se sentó con las piernas abiertas y yo a cuatro patas la metí en mi boca y comencé a lamer su capullo mientras él trataba de empujar y yo palpaba ansiosamente sus huevos. Sentía su sabor salado y su polla era tan grande que casi me llegaba hasta la garganta. Mi cabeza se movía rítmicamente y ahora era él quien gemía con los ojos cerrados mientras con el brazo estirado sobaba mi culo.

Llegó un momento en que pensé que Raúl se iba a correr, pero fue entonces cuando retiró la polla de mi boca y me ayudó a tumbarme en aquel espacio tan reducido. Hacía un calor insoportable y el olor de nuestros cuerpos a sudor nos volvía todavía más lujuriosos.

Ante mi asombro sacó medio cuerpo de la mesa y reapareció con dos enormes trozos de tarta que algún invitado había dejado sin probar. Comenzó a restregar los dos trozos de tarta por todo mi cuerpo y una vez que estuve completamente cubierta de nata se puso a cuatro patas con sus piernas a ambos lados de mí y comenzó a chupar mi cuerpo frenéticamente mientras tres de sus dedos entraban y salían de mi vagina. Yo cerré los ojos y me dejé sentir. De vez en cuando metía sus dedos cubiertos de nata en mi boca para que yo la saboreara.

Primero saboreó mi cuello, después fue bajando y parecía disfrutar especialmente con mis pezones endurecidos, acariciaba mis tetas con gran placer mientras seguía disfrutando del sabor dulce sobre mi estomago y después sobre mi vientre. Continuó hasta que dejó mi cuerpo completamente libre de nata dejando mi coño para el final, donde había depositado una gran cantidad.

Una vez se la hubo comido toda metió su polla con fuerza dentro de mí. Sus embestidas eran fuertes y mis jugos comenzaron a salir de una manera tan copiosa que los notaba recorrer mis piernas. Su cara estaba completamente pegada a la mía y entre el ruido conseguía escuchar sus gemidos rítmicos. Mis manos recorrían sus glúteos y su espalda y mordisqueaba sus labios sensuales con ansiedad.

Cuando yo estaba al borde de estallar Raúl sacó su polla y me volteó hasta ponerme boca abajo. Agarró mis caderas con sus manos y las elevó hasta ponerme a cuatro patas. Comenzó a recorrer con la punta de sus dedos el trayecto que va desde la fuente de mis jugos hasta el ano y introdujo su dedo ligeramente dentro del orificio. Una vez que este estuvo bien lubricado con mis propios líquidos se inclinó sobre mí de manera que yo sentía su aliento sobre mi nuca y metió ligeramente la punta de su polla en mi culo. Una vez ensartada las embestidas se hacían paulatinamente más fuertes hasta que sentí todo su enorme miembro dentro de mí y sus manos sujetando mis caderas. El placer era inmenso, yo me sentía como una gata en celo y él me penetraba de una manera tan salvaje que me hacía enloquecer. Los dos gritamos como energúmenos hasta que nuestros cuerpos estallaron de placer y sentí su leche caliente recorrer mi interior.

Los dos nos quedamos extenuados casi sin poder hablar. Nos mirábamos y tratábamos de recuperar el ritmo normal de nuestra respiración mientras la música continuaba y nuestra familia se divertía a escasos metros de donde nosotros acabábamos de consumar un acto prohibido. De repente, cuando empezaba a volver en mí, sentí un tierno beso en la mejilla y una voz que nunca antes había escuchado me dijo: „Me alegro de volver a verte, Raquel“.

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